28 de julio de 2021 – 28 de julio de 2026
La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, Fundadora de La Obra de la Iglesia fue llamada a la Eternidad hace cinco años.
La vida de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia entra de lleno, según los designios inescrutables de Dios, en su plan de salvación de la humanidad por la Iglesia. Y se podría resumir:
Un LLAMAMIENTO en paso poderoso de Dios reclamándola solo y exclusivamente para Él.
Con la respuesta de aquella joven de 17 años:
«¡Seré tuya!, ¡totalmente tuya!, ¡y para siempre!».
Una PREPARACIÓN para un día cumbre: el 18 de marzo de 1959, en el que Dios la llevó a su seno y se le mostró sin velos.
Día seguido de una vida repleta de luces indescriptibles, hondas vivencias sobre el vivir íntimo de Dios, de Cristo, María y la Iglesia; de gozos inefables y desgarros lacerantes del alma, dejándola con
Una MISIÓN:
«¡Vete y dilo…!; ¡esto es para todos…!»
como el Eco en repetición de la vida, misión y tragedia de la Iglesia.
Y la PETICIÓN:
—¡Hazme La Obra de la Iglesia…!
—Señor, ¡pero si La Obra de la Iglesia ya la has hecho Tú…!
—Con todo cuanto te he dado, ¡ya sabes lo que tienes que hacer…!;
para la renovación profunda que Dios quiere en la misma Iglesia.
PUDIENDO repetir en el atardecer de su vida:
«Hice cuanto pude, y no pude hacer más».
Se transcriben a continuación dos poesías de la propia Madre Trinidad:
SI VOLVIERA A MIRARTE
«Si te viera, Señor,
¡aunque fuera un momento!,
y saciaras mi sed en la luz infinita
de tu eterno Misterio…
Si cantara en tu Canto,
y te amara en tu Fuego
sin los velos que ocultan el mirar trasparente
de tus ojos serenos…
Si te viera otra vez,
recobrando de nuevo
fortaleza que impregne mi vida
para estar en destierro…
¡Un instante siquiera,
que calmara mis brasas en celos…!
¡Un instante, Señor,
pues, sin Ti, más no puedo…!
Yo no busco vivir ni morir,
¡solo quiero mirarte sin velos
en la luz de tu gloria, o en la densa tiniebla
que envuelve este suelo!
¡Si volviera a mirarte, mi Dios,
aunque fuera un instante, sin velos…!».
20-3-1975
¡¡¡LOS PORTONES SUNTUOSOS
Y MAGNÍFICOS DEL CIELO!!!
«Cuando pienso en el momento delirante
en que se abran los Portones de tu Seno,
y yo entre, tras la noche de la vida,
en la hondura misteriosa de tu encuentro;
¡es tan honda la alegría que en mí siento!,
que el momento espeluznante de la muerte
se convierte, en mis adentros,
en un gozo desbordante,
porque sabe que es el paso trascendente
que me lanza, como un rayo llameante,
al secreto de tu Pecho incandescente.
¡Oh Portones de los Cielos,
que me rasgáis, tras la entrada,
las cortinas suntuosas de aquel Templo,
tras las cuales está el Santo de los Santos
celebrando su misterio
en el gozo venturoso del Coeterno…!
¡Oh Portones luminosos, tras los cuales se aperciben
las eternas melodías en inéditos conciertos,
y se escucha el recrujido, en volcanes encendidos
por las llamas llameantes de sus fuegos…!
¡Oh sonido palpitante
con que exhala dulcemente,
en su hálito silente,
el Eterno,
la Palabra explicativa
que Él expresa en su misterio…!
¡Qué momento trascendente,
cuando el alma reverente
se introduzca en lo profundo de aquel Seno…!;
¡y contemple, con su vuelo, al Amor que los envuelve
con la aurora arrulladora del abrazo de su Beso…!
¡Qué misterio tan sublime…!
¡Qué momento…!,
cuando se abran los Portones suntuosos de aquel Templo;
y se corran las cortinas,
y se descubra el Misterio;
y los Soles luminosos resplandezcan refulgentes
de aquel pecho palpitante del Excelso…
¡Qué momento el de la muerte!,
que desgarra con su noche lastimera
las angustias del destierro,
y despide, tras el grito de su hielo,
las cadenas de este cuerpo,
para dar paso a las almas que se lanzan,
como en misterioso vuelo,
a las puertas suntuosas y magníficas del Cielo.
¡Qué momento el de la muerte!,
cuando el cuerpo quede yerto,
cuando el alma se remonte velozmente,
como un águila triunfante,
tras la brisa de su vuelo,
a cruzar los hondos senos del abismo
que separan a la vida de la muerte,
a la tierra de los Cielos,
a los hombres de los Ángeles,
a la Gloria y al destierro,
en un vuelo deslumbrante
hacia el Seno venturoso del Dios Bueno.
Y cual águila imperial, liberada del cadáver,
vuele el alma victoriosa hacia los Cielos
a saciar las resecuras de las ansias de sus hambres
en los claros Manantiales de las aguas del Eterno,
donde brota a borbotones un torrente cristalino,
para saciar los sedientos
que traspasan los umbrales del destino…
¡Oh Portones de los Cielos
con sus cortinas triunfales
que ocultan, tras su misterio,
el Sanctórum que es velado
por las ráfagas candentes de sus fuegos,
y al Inmenso que se oculta
con su gloria tras sus velos…!
¡Oh Portones suntuosos!,
cuando corráis las cortinas,
y yo entre tras mi vuelo…
¡Oh Portones de la Gloria!,
abrid paso, que ya llego.
¡¡¡Voy de vuelo!!!».
29-1-1973















