Sagrado Corazón de Jesús, ¡en Vos confío!

Llegó el día tan esperado, 22 de noviembre, día de expectación y alegría, de esperanzas colmadas, en el cual, un grupo nutrido de miembros de La Obra de la Iglesia de Valladolid acompañados de amigos simpatizantes alcanzan en el Templo Jubilar, en la Basílica de la Gran Promesa, el esperado Jubileo en este Año de gracia para la humanidad.

En este Templo, tan significativo para todos, especialmente para los hijos de Valladolid, con la bellísima imagen del Sagrado Corazón al centro, que alcanza misericordia a quien se acerque arrepentido y con alma abierta, es en la ciudad lugar de peregrinaciones, de esperanzas y de consuelos, con la promesa siempre presente y esperanzadora de:

“Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”.

Acompañados del solemne órgano que amenizó la celebración y de las palabras tan profundas del celebrante que nos recordó ese amor ardiente al Corazón de Jesús que tenía el Beato Bernardo de Hoyos, que le escribió en su corazón, totalmente en paralelo con las palabras de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia que le infundió Jesús en lo más profundo de su corazón:

“Yo soy todo Amor y las almas no me aman”, como lo explica la misma Madre Trinidad en sus escritos.

El Divino Maestro, el Dios de la Eucaristía en un rato de oración y penetrándome de su sapiencia divina junto a los pies del Sagrario; mientras, postrada y adorante, me apoyaba en su pecho, como el Apóstol San Juan en la última Cena, apercibiendo los latidos de su corazón llenos de lamentaciones y gemidos amorosos; estando ejerciendo el peculiar sacerdocio en la postura sacerdotal que Él mismo enseñó a mi alma: recibiéndole en abertura incondicional, respondiéndole en retornación amorosa, llevando a las almas sus donaciones eternas, y recopilando a los hombres para traérselos ante Él; silenciosa y jadeantemente, lleno de lamentaciones amorosas, penetró la médula de mi espíritu con estas profundas, sacrosantas y misteriosas palabras que quedaron grabadas en lo más íntimo de mi corazón”. 

Esa postura que la descendencia de la Madre busca incansablemente; ir a estar con Él para acompañarle, consolarle, hacerle descansar, en definitiva, “entrar dentro” como nos ha repetido tantas veces la Madre Trinidad a la que unidos espiritualmente tuvimos muy presente en este día.

Y para terminar rezamos por las intenciones del Santo Padre, recordando los requisitos para ganar la Indulgencia Plenaria, culminando con el cántico triunfal lleno de Amor puro al Señor, recitando toda la asamblea con profundo respeto y adoración,

¡Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo!

M. Luz  Gómez