PINCELADAS SOBRE LA FIGURA ESPIRITUAL Y HUMANA DE

LA MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIAPor Bartolomé Valbuena García    

28/08/2021

Tal como ha ido apareciendo en multitud de medios de comunicación en distintos idiomas, el pasado 28 de julio la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia dejó este mundo, para irse con Dios a la Eternidad. Eternidad, que tanto anhelaba, y por la que, en sus nostalgias, que a veces se le hacían inaplazables, tan fuertemente clamaba; y donde esperamos que Dios la haya introducido para siempre.

En su libro: «FRUTOS DE ORACIÓN», escribía:

«Mi sed de Dios es torturante como los celos, terrible como la muerte, encendida como el fuego… Por eso, Amor, ¿cuándo vendrás a mí?» (2170).

Con la muerte de la Madre Trinidad, una voz se ha apagado en la Iglesia. Una canción de Iglesia viva y palpitante se ha quebrado, y ya no suena en la tierra; aunque los hombres, por nuestro aturdimiento, la mayoría de las veces no oigamos las voces del Espíritu.

Hoy, unos 1.000 Obispos de las cinco partes del mundo leen con admiración y agradecimiento algunos de los escritos de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, que se les envían periódicamente.

De la Colección de pequeños opúsculos, primorosamente editados y muy manejables para llevar en el bolsillo y poderlos leer en la oración, en la iglesia, o en cualquier sitio en un rato de tranquilidad y sosiego: «LUZ EN LA NOCHE – EL MISTERIO DE LA FE DADO EN SABIDURÍA AMOROSA», se han vendido y distribuido más de un millón de ejemplares.

La página Web de La Obra de la Iglesia (www.laobradelaiglesia.org) ha recibido cientos de miles de visitas, donde se pueden leer, ver u oír, y descargar, escritos, vídeos, charlas…, de la Madre Trinidad, y una amplia y sugestiva información sobre su vida y su actividad.

Miles de Sacerdotes de todo el mundo, y seglares de toda clase y condición, reciben, por un camino o por otro, sus escritos, o han practicado alguna de las formas de retiro organizados por la propia Madre Trinidad para presentar a todos el verdadero rostro de la Iglesia: «El Plan de Dios en la Iglesia», «Días de retiro sobre el Misterio de Dios en la Iglesia», «Vivencias de Iglesia», etc.

Y cientos de Comunidades Religiosas de vida contemplativa y de vida activa, y de las más diversas Órdenes o Institutos Religiosos están también descubriendo en sabiduría amorosa la riqueza infinita de la Iglesia, vivificándose con ese caudal de vida divina y eclesial que Dios ha hecho brotar en la Iglesia para la auténtica y profunda renovación que Él quería y pedía desde el tiempo del Concilio.

El Papa Juan Pablo II –ya hoy «San Juan Pablo II, Papa»–, le encomendó a «La Obra de la Iglesia» una parroquia en Roma con el título, personalmente acogido y puesto por él, de «Nuestra Señora de Valme», especialmente venerada en Dos Hermanas, el pueblo natal de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.

El día 3 de febrero de 1996 la recibía en una prolongada audiencia privada.

El 15 de diciembre de 1996 fue a visitarla personalmente en su casa, encontrándose la Madre Trinidad en cama, gravemente enferma.

Y el 20 de diciembre de 1997 aprobó La Obra de la Iglesia en su singularidad como una «Institución Eclesial de Derecho Pontificio».

¡Bien conocía ya San Juan Pablo II a la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia por las cincuenta y nueve cartas enviadas en las que iba exponiendo ampliamente al Sumo Pontífice de la Iglesia, con total abertura y sencillez, las comunicaciones de Dios a su alma! ¡Trascendentales comunicaciones para el resurgir, florecimiento y renovación de la Iglesia!

Y también las peticiones tan apremiantes y urgentes como los designios de Dios de darse a conocer en su misterio y sus planes amorosos para con sus hijos los hombres, remansados, por Cristo y a través de María, en el seno anchuroso y acogedor de la Santa Madre Iglesia.

 

En fuerza de esas mismas peticiones y ante las luces, las vivencias, los conocimientos, cada vez más hondos, más pletóricos, más indecibles, se incrustaba en el alma de la Madre Trinidad la misma urgencia de parte de Dios:

«¡Vete y dilo…!»; «¡esto es para todos…!». «¡Para todos es la riqueza de la Iglesia!».

Y quedando como desplomada ante el peso apremiante, urgente, de aquella petición, repetía:

«¡Que yo no sé nada…! ¡Canto las maravillas que he visto en el Seno de Dios!».

Y esa canción de Iglesia «llena de hermosura y repleta de Divinidad», «torre fortificada e inderrumbable», «fuerte como ejército en batalla», «Madre fecunda y repleta de hijos», se hacía un lamento, como una elegía incomparable, cuando tenía que ver a «la Iglesia desgarrada por los hijos que se fueron de su seno de Madre» y «cubriendo sus joyas con un manto de luto»; cuando la veía «tirada en tierra y llorosa, jadeante y encorvada»; apareciendo manchada «por los pecados de sus hijos que así la han puesto», o «envuelta por una densa nube de confusión que no deja ver el rostro de Dios que por ella se nos muestra». O… O…, ¡o como tantas veces y de tantas maneras el Señor se la ha mostrado!

Y lo más terrible para la Madre Trinidad era que la Iglesia ¡siempre, siempre!, «vuelta hacia ella, le pedía ayuda».

Durante años y años clamó, gritó…, y su clamor se perdía en el silencio. Como una mendiga, fue llamando de puerta en puerta buscando ayuda en quienes creía que podían dársela. Los que la oían, veían en todo espíritu de Dios; pero la despedían con muy buenas palabras y dándole ánimo, pero que, a veces, sonaban como el: «Que Dios la ampare» que se decía antes a los mendicantes que llamaban pidiendo limosna, y a los que no se les daba nada.

Así la vida, misión y tragedia de Cristo, María y la Iglesia, pasaron a ser la vida, misión y tragedia de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.

Los que no hayan oído hablar de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, o solo tengan alguna referencia muy lejana, sin duda se preguntarán con extrañeza: ¡¿Pero esto…?! ¿Quién es la Madre Trinidad? ¡¿Cómo y de dónde ha surgido?!

Una sincera, amplia y justificada respuesta les resultaría, sin duda, más sorprendente aún que la extrañeza que puedan encerrar sus preguntas.

Sorpresa gozosa y agradecida a Dios, porque «sus misericordias no tienen fin» (Sal 135) y «se compadece de quien quiere y a quien quiere concede su favor» (Éx 33, 19).

Y porque, «como dista el Cielo de la tierra, así distan los planes de Dios de nuestros planes y sus caminos de nuestros caminos» (cfr. Is 55, 9), ha querido y le ha parecido bien escoger a la Madre Trinidad, y hacer recaer sobre su pequeñez y sencillez humana una misión trascendental para su Iglesia. Misión de una trascendencia que solo se conocerá en su universalidad y singularidad cuando se publiquen sus numerosos escritos inéditos, agrupados por ella en unas diez Colecciones de varios tomos cada una, sobre temas muy diversos, y en formas literarias distintas; y cuando se oigan con profusión sus 600 charlas registradas por magnetofón y sus más de 650 vídeos.

«¡Un 18 de marzo, principio de cuanto encierro!»

No obstante voy a intentar trazar un perfil, forzosamente muy pobre, con algunas pinceladas sobre la figura espiritual y humana de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.

En la vida de la Madre Trinidad se yergue el 18 de Marzo de 1959 como una cumbre hacia la cual va ascendiendo toda su vida, como preparación, y de la cual fluye el torrente de luz, de vida, de conocimiento en sabiduría y amor de los misterios de Dios en sí, en lo que Él se es, y por lo que se lo es, y cómo se lo es, y se lo está siendo teniéndoselo sido; y en su manifestación hacia fuera, dándosenos por Cristo y a través de María en el seno de la Iglesia.

Ese día Dios la introdujo en su seno… y le mostró «lo que el ojo no puede ver ni el oído puede oír» (1 Cor 2, 9), «ni hombre alguno puede ver sin morir» (Éx 33, 20).

«Si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe» (2 Cor 12, 2), podría ella haber repetido con el Apóstol.

Y una vez allí, y siempre desde allí, con más o menos velos, le fue haciendo ver durante un mes seguido más fuertemente, y después durante toda su vida cuando y como al Señor le parecía bien: La riqueza del misterio de la Encarnación, el vivir íntimo de Cristo durante sus treinta y tres años como el Hijo de Dios hecho Hombre; el misterio de su Sacerdocio, el de la inserción de todos los hombres en Él, la terrible y gloriosa realidad de la Redención; la grandeza de la Maternidad virginal de María, las prerrogativas únicas que esta inimaginable realidad comportaba desde la Concepción Inmaculada hasta su Asunción en cuerpo y alma a los Cielos, y nuestra participación, por Cristo, con Él y en Él, de la vida íntima de Dios, y de todos los misterios remansados en el seno de la Iglesia.

¡Y venga a ver…!, ¡y venga a contemplar…!, ¡y venga a sumergirse en aquellas profundidades de luz y de amor…! ¡Y venga a vivir y transformarse y participar de las realidades que contemplaba…! Viéndolas y contemplándolas remansadas en el seno de la Iglesia, «repleta y saturada de Divinidad y capaz de saciar de vida divina a todos los hombres de todos los tiempos».

Y, como ya he indicado, quedó su alma marcada para siempre, como troquelada con una misión:

«¡Vete y dilo…!»; «¡esto es para todos…!». «¡Canta tu canción de Iglesia con todo cuanto te he mostrado, introducida en mi Sancta Sanctórum!».

Y también «pregona que Dios quiere que se conozca a la Iglesia con toda la hermosura que Él mismo ha puesto en ella»; «y que así hay que presentarla a todos los hombres».

Y verán «cómo entonces, y solo entonces, subyugados por la hermosura de su rostro, vendrán los hermanos separados nuevamente a su seno todo lleno de maternidad para todos sus hijos».

«Y esa será también la manera de que vengan los negritos, los amarillos y todas las razas del mundo a su seno de Madre».

«Que hace falta que la teología se ponga al alcance de todos los hijos de Dios»; «y hay que darla calentita y caldeada en el amor».

«El Concilio viene para esto». «¡Con todo a Juan XXIII…!». «¡Con todo al Papa…!».

Y un largo enumerado de «ques…» y «ques…» y «ques…», para terminar con un apremiante y sorprendente llamamiento:

«Hay que hacer una revolución cristiana en el seno de la Iglesia, para que se conozca bien a esta Santa Madre y se viva de ella».

Y más tarde: «¡Hazme La Obra de la Iglesia…!». Y ante el asombro indecible y la sorpresa de la Madre Trinidad, que le decía asustada: «Pero…, Señor, ¡si eso ya lo has hecho Tú…!», escuchó por toda respuesta:

«Con todo cuanto te he dado, ¡ya sabes lo que tienes que hacer…!».

El maravilloso y sublime vivir de la Madre Trinidad desde el 18 de Marzo de 1959 en adelante, hasta el último suspiro de su existencia; su vida heroica, el drama desconocido que taladró su alma; el porqué de los ataques de los enemigos de la Iglesia con el propósito de hacerla callar o destruirle La Obra de la Iglesia; sus inexplicables y sospechosas enfermedades con sus terribles sufrimientos físicos; tienen su explicación plena, y solo se podrán comprender en su justa medida, a la luz de lo que Dios obró en ella, de las peticiones que imprimía indeleblemente en su alma, y de la respuesta de incondicional entrega, tan terminante y decidida como prudente, a la realización de la misión que el mismo Dios la encomendara para el cumplimiento de sus planes amorosos sobre la Iglesia en estos momentos, y a partir de estos tiempos en adelante.

Y mirando hacia atrás del 18 de Marzo de 1959, se puede ver el sentido y comprender mejor toda la vida de la Madre Trinidad desde su infancia hasta entonces, como elección y preparación de Dios para la misión que le iba a encomendar.

No se puede hacer aquí una biografía; señalaré solo algunos hitos más curiosos o significativos de su infancia y juventud.

Así no nos sorprende que el Papa San Juan Pablo II, en la larga entrevista con la Madre Trinidad, le preguntara con confianza de Padre: «¿Y por qué se llama Trinidad?». Y ante la respuesta espontánea de la Madre: «Porque así se llamaba mi abuela materna», él comentara, recalcando sus palabras con el movimiento rítmico del índice de su mano derecha: «No sin designio divino fue que se llamara Trinidad, porque de la Trinidad tenía usted que hablar».

Y con el nombre de «Trinidad del Sagrado Corazón de Jesús» aparece en el Libro de bautizos de la Villa de Dos Hermanas: «la niña bautizada el día 19 de febrero de 1929, hija de Emilio Sánchez y Josefa Moreno».

También se podría ver como signo providencial el hecho, de todos conocido, de que la Madre Trinidad, aun habiendo nacido y habiéndose educado en una de las familias acomodadas y de gran solera en Dos Hermanas, por un accidente en la vista, quedase casi ciega durante su infancia, y a duras penas pudiera hacer la enseñanza primaria: A los quince años estaba ya trabajando en el comercio de calzados de la familia.

Quizá el Señor haya permitido esto para que resplandeciera en el futuro la gloria de sus planes, y nadie pudiera dudar de que un conocimiento tan profundo, tan luminoso, tan amplio del dogma y de las verdades de la Iglesia; expuesto con una sabiduría honda y penetrativa, con exactitud dogmática que admira a los expertos, y una sencillez que los hace asequibles a todos los hijos de Dios repletándolos de vida y conocimiento de la riqueza de la Iglesia en el amor, solo podía provenir de Él.

Igual que las peticiones y los mandatos del mismo Dios a su alma.

Y al mismo tiempo, para que esa carencia de ciencia humana en la Madre Trinidad, y su sentirse pobre y desvalida ante los sabios y grandes de este mundo, la mantuviesen siempre sorprendida, sobrepasada y adorante ante tanta donación del Señor a su alma.

—«¡¿Por qué a mí, Señor…?! ¡¿Por qué a mí…?!» –le preguntaba–.

Y escuchaba en lo profundo del alma, como respuesta:

«Porque no he encontrado en la tierra una criatura más pobre y desvalida que tú».

Esta conciencia de su nulidad y su nada ante las manifestaciones del Omnipotente, la acompañó durante toda su vida.

Y cuando las comunicaciones y donaciones del Señor sobre ella, solo para la realización de sus planes en la Iglesia, tocaban lo sublime, el mismo Señor se cuidaba mucho de mantenerla en esa su conciencia de la nada ante el Todo, de la criatura ante el Creador, de la que nada puede, ni sabe, ni es, ante el que todo lo es y todo lo puede:

«Esto quiero hacer contigo; pero no te mires, porque, si te miras, como cayó Luzbel, podrías caer tú» –imprimió Dios en su alma–.

Y esto, ¡¡después de haberle mostrado el encumbramiento de aquel Ángel de Luz por encima de todos los Ángeles del Cielo, y su caída como un rayo a lo más profundo del más tenebroso Abismo, por haberse mirado, haberse ensoberbecido y haberle dicho al Dios tres veces Santo, que lo había sacado de la nada: «¡¡No te serviré!!» (Jer 2, 20b)!!

Sería demasiado largo enumerar, siquiera muy por encima, las distintas etapas espirituales por las que Dios ha ido conduciendo a la Madre Trinidad desde el 7 de diciembre de 1946, cuando al repicar campanas de la torre del pueblo de Dos Hermanas anunciando la Fiesta de la Inmaculada Concepción; estando aquella joven de diecisiete años sentada con su hermano Antonio en la mesa de su comercio de calzados; de repente e inesperadamente, como un torbellino impetuoso o el huracán más formidable que haya existido jamás, el Señor se abalanzó sobre el alma de aquella jovencita llamándola para sí, ¡totalmente para sí!, ¡exclusiva y absolutamente para sí!

Ella se le entregó sin reservas, ¡total e incondicionalmente! No podía hacer otra cosa ante aquel paso en poderío avasallador del Omnipotente. Le robó su libertad. Solo podía repetir, desplomada y llorando en la trastienda donde huyó a refugiarse:

«¡Seré tuya!, ¡totalmente tuya!, ¡y para siempre…!».

Al día siguiente, en la Misa principal del Pueblo, arrodillada en las gradas del altar, pero delante de una columna para no ser descubierta por las miradas de la gente, y con la suya elevada y fija en la imagen de la Inmaculada, rubricó «sus Votos perpetuos» al Señor.

Y ante el cambio tan drástico en todo, que siguió a aquella mañana, de la joven hasta entonces tan moderna como simpática, se corrió por todo el pueblo de Dos Hermanas que «la niña de “La favorita”» –así se llamaba el comercio de calzados de la familia– había visto a la Virgen.

 

Aquella invasión de Dios la víspera de la Inmaculada iba y venía, y volvía y continuaba… Así durante casi un mes.

Después se hizo el silencio. Una formidable tormenta se desató sobre su cabeza: oscuridad interior, incomprensiones en su propia casa al no entender nada de aquello sus familiares, por repentino y por extraño. Y aun de los Sacerdotes del Pueblo sentía una soledad muy grande.

Unos cinco meses pasó así, inmovible ella, como una roca en medio de aquella tempestad.

Hasta que un día oyó la respuesta de la Directora del Instituto Secular «La Alianza en Jesús por María» en Dos Hermanas a una compañera que le preguntaba:

—¿Y qué tengo que hacer en mi caso?: —Vete al Sagrario y pregúntaselo a Jesús.

Y la Madre Trinidad, solita e inexperta de todo en aquel entonces, se dijo: «Pues voy a hacer yo lo mismo».

Fue al Sagrario, le preguntó a Jesús qué tenía que hacer, ¡y el Señor empezó a contestarle…!

Y así, el Jesús de su Sagrario comenzó a constituirse en su único Maestro. Ella le preguntaba todas las cosas, y el Señor, con cariño inmenso, la iba contestando y le iba enseñando; volcando sobre ella los secretos de su corazón amoroso, y dolorido por la soledad de los suyos. Le iba haciendo «conocer todas las cosas», y ella se deshacía en amores, y penetraba cada vez más hondamente en los secretos de su Esposo.

Cuando le veía sufrir tan profundamente, inventaba «sus locuras de amor» para consolarle; hasta que por fin vencía en aquella lucha amorosa, y Jesús sonreía. Ella se iba ya tan contenta, después de largos y muy prolongados ratos de oración ante el Sagrario.

Nadie se enteraba de estos caminos por los que el Señor la empezó a conducir. Primero, porque ella, en su ingenuidad, creía que esta era la manera ordinaria y normal de entenderse las almas con Jesús. Y segundo porque el Sacerdote que llegó a su Pueblo y con el que ella empezó a confesarse, jamás le dio a entender que los caminos por los que el Señor la conducía no eran los ordinarios.

Imposible enumerar aquí todo lo que el Señor fue obrando en el alma de la Madre Trinidad hasta conducirla, Él solo, a donde quería llevarla, preparándola para el 18 de Marzo de 1959.

Solo contaré una anécdota. Pocos años después de su primer encuentro con Jesús en el Sagrario, una amiga suya, muy instruida y redicha, le dijo un día: —«Te voy a leer este pasaje de San Juan de la Cruz. Tú no lo vas a entender, claro, porque es la cumbre de la vida espiritual». Y empezó a leerle la «LLAMA DE AMOR VIVA». Y ¡cuál no sería la sorpresa de aquella compañera!, cuando vio la cara radiante de la Madre Trinidad.

Tanto, que le preguntó: —Pero…, ¡¿tú entiendes esto?! —Sí, muy claro: las lámparas de fuego son los atributos divinos… Y siguió explicándole, a su modo, casi lo mismo que San Juan de la Cruz comenta de esta poesía en sus escritos.

∗∗∗∗∗

De la vida heroica de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia antes y después del 18 Marzo he dado alguna pincelada. Pero de lo que no he podido decir nada es de su personalidad humana tan rica y con tan diversos matices. Va desde la escritora fecunda y revolucionaria en tantos aspectos, a la sencillez del niño más desvalido; desde «profeta» de Dios para su Iglesia, de palabra encendida y a veces cortante como espada de doble filo, hasta sentirse la hija más pequeña de los miembros de la Iglesia. La sencillez y el pasar desapercibida fueron uno de los distintivos más salientes de su vida hacia fuera.

Fundadora avezada a las luchas, curtida en el sufrimiento, emprendedora, indomable, firme como una roca, se experimenta la criatura más pobre de la tierra, que acude a desahogar sus penares llorando como una niña ante su Jesús del Sagrario, el único que la comprendía hasta el fondo.

Alegre, simpática y graciosa, como andaluza y sevillana de pura cepa, tocaba sus «palillos», cantaba por sevillanas, o sus villancicos del «cante hondo», animando como la primera las fiestas familiares con sus hijos o hijas de La Obra de la Iglesia. Con ellas, hasta bailaba las sevillanas.

¿Quién podría imaginar tanta vivencia, tantas responsabilidades, y tantos dramas como se ocultaran tras aquellas apariencias tan humanas y tan normales?

Aunque todo su vivir irradiaba la luz del misterio que escondía su alma.

Y cuantos han hablado con ella, jamás podrán olvidar ese no sé qué del azul de sus ojos que transparentaban lo trascendente, dejando al alma envuelta en una atmósfera de paz y elevación indescriptible: De todo esto dan buen testimonio gráfico muchos de sus vídeos, en los que se ven facetas tan humanas, tan entrañables como nadie podría imaginar al leer sus escritos, repletos y rebosantes de tanto y tanto como Dios ha impreso en su alma para que lo comunique.

Abierta siempre para comprender a todos, y a todos llenarlos de Dios habiendo vivido lo que solo Dios y ella conocen, no revelaba los secretos de su alma a nadie más que al «Amigo de su Esposo», como ella llamaba a su Confesor, o cuando el mismo Dios la impulsaba a ello. Porque vivía tan temerosa de poder serle infiel, que temblaba de pies a cabeza cuando lo pensaba. Vivía sin embargo confiada y tranquila en el amor cariñoso y amparador de nuestro Padre Dios, descansando en su regazo, «como el niño en brazos de su madre» (Sal 130, 2).

Quizá por la mente de algunos de los lectores pueda pasar que soy un ferviente admirador de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, y, aunque no exagere, sí puedo presentar las cosas tras el prisma con que las veo.

No. No soy un admirador de la Madre Trinidad. He sido su secretario particular durante 56 años, su amanuense, su capellán, y uno de los Sacerdotes que ha ido recibiendo las confidencias más íntimas de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia; testigo del cómo, cuándo, y hasta dónde ha sido la acción de Dios sobre su alma para la realización de los planes del mismo Dios sobre ella, y solo para la renovación que Él quería y pedía en la Iglesia.

Y testigo de los trabajos, sufrimientos del alma, rechazos, indiferencias, persecuciones, etc., etc., etc…, que la Madre Trinidad tuvo que afrontar y padecer; y testigo también de los infortunios que han caído sobre la Esposa de Cristo, por no haberse recibido lo que Dios, a través de la misma Madre Trinidad, pedía y sigue pidiendo a los miembros de la Iglesia.

Puedo asegurar también que he aprendido mucha más teología al lado de la Madre Trinidad que en la Universidad donde cursé mis estudios eclesiásticos, y en los cinco años que estuve de profesor de Eclesiología y otras disciplinas teológicas en un Seminario.

Desde mi condición de testigo, es desde donde os puedo decir: Venid y veréis, escuchad y oiréis. Acercaos con espíritu abierto, y experimentaréis y os llenaréis de vida; gustareis lo que es Dios, conoceréis más profundamente sus misterios, y contemplareis «a la Iglesia en toda su hermosura», «engalanada con todas sus joyas, como novia que se adorna para su esposo»; y comprenderéis también su inmensa tragedia al verse «tirada en tierra y llorosa, jadeante y encorvada», «como viuda y sin hijos», y «llevada crucificar» por las maldades de sus hijos los hombres.

También os enteraréis de lo que Dios quiere, pide y reclama con urgencia a los Pastores y fieles de su Iglesia, para que esta se levante de su postración.

Más, no os puedo decir. Esto es algo de lo que yo he visto y oído y palpado, y de lo que doy testimonio.

Y quiero terminar con el cántico de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, que ha sido como el lema de su vida, su fuerza en el combate y su canto de triunfo, y que ella entonaba en su ancianidad, sintiéndose en el alma, más enamorada, ¡locamente enamorada del Dios de su corazón!, con más frescura, más lozanía, más ilusión y más ensueño, ¡mucho más!, que en los primeros años de su juventud:

«¡Gloria para Dios…! ¡Gloria para Dios…! ¡Gloria para Dios…! ¡Solo eso…! ¡Lo demás no importa…, no cuenta…, es intrascendente!

¡Gloria para Dios y vida para las almas…!, para que le conozcan, le amen y le glorifiquen».

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El día 28 de julio de 2021 una voz se ha apagado en la Iglesia. Se ha dejado de oír una canción subyugante de Iglesia viva y palpitante. Y la nostalgia de un «adiós», embarga los corazones de cuantos han conocido y tratado de cerca a la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.

Pero también es verdad, según los planes irrastreables del Señor ardiendo en celos por la gloria de su Amada, la Iglesia, que el eco de esa canción se seguirá oyendo más potente aún en toda la Iglesia por los numerosos escritos, los vídeos, las charlas y la propia vida de la Madre Trinidad; y también por la descendencia que el Señor un día le pidiera:

«Dame descendencia que haga lo mismo, para tenerte siempre ante mí».

Bartolomé Valbuena García

NB:     Los textos en cursiva cuya fuente no está indicada en el texto son expresiones o citaciones de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.

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